Descubre las historias que otros han compartido sobre Botín: recuerdos, invenciones, personajes curiosos y homenajes literarios.
La Luz de las dos y cuarto
Siempre ha sido igual.
A las dos y cuarto, el sol se cuela por el mismo ángulo, roza la esquina de la mesa seis y deja una
mancha de oro temblorosa sobre el mantel. Cada día. Cada año. Cada siglo.
Ni los camareros lo notan ya. Pero esa luz lo ha visto todo.
Vio al joven soldado que apretaba la mano de su madre antes de partir. Vio al poeta anotar un
verso entre plato y plato, convencido de que no lo olvidaría. Vio cómo un niño derramaba la sopa y
lloraba como si fuera el fin del mundo, mientras su padre -duro, torpe, nervioso- le ofrecía pan por
primera vez.
Vio brindis con acento extranjero, promesas en voz baja, traiciones dulces.
También vio cómo ella dejaba de venir.
Era siempre a las dos y cuarto. Ella llegaba puntual, se sentaba sola, y sonreía como quien guarda
un secreto. Un día no volvió. Pero la luz siguió viniendo, igual que antes, como si aún la esperara.
Botín ha cambiado. Las paredes, los nombres, el precio del vino.
Solo la luz es fiel.
Y cada mediodía, cuando cruza la mesa seis, parece que algo -una risa, una ausencia, un
recuerdo- brilla unos segundos y luego se va.
Toda una vida
Paseábamos por Cuchilleros cuando, de pronto, paraste frente a Botín. Pusiste
esa expresión castigada de explorador sin brújula a la que ya me has
acostumbrado y fijaste la mirada en la puerta.
-¿Tienes hambre? – pregunté.
Entraste sin responder. Te seguí. El aroma que nos recibió, un velo suave de
vinos y carnes, me transportó enseguida hacia un tiempo sin manchas en la
piel ni asomos de despedida en cada gesto en el que el futuro no nos
preocupaba. Durante años fuimos clientes habituales de ese restaurante y traté
de recordar, sin suerte, nuestra última comida.
Nos sentaron junto a una ventana. Quise pedir algo fácil de masticar, pero te
negaste.
-Cochinillo para dos – dijiste.
Mientras esperábamos, guardamos silencio. Este silencio de espinas que nos
envuelve desde tu diagnóstico, y que sólo fue roto por el tintinear de los platos
y los vasos que llenaron nuestra mesa. Empezamos a comer y enseguida tu
rostro se relajó. Sonreíste y supe que habías regresado por unos minutos a
esta parte de la existencia.
-Llevabas un vestido blanco la primera vez que vinimos aquí. Yo estaba tan
nervioso que te lo manché con mi copa. Aquel día pensaba pedirte que te
casaras conmigo, pero no me atreví.
Me acariciaste la mano con tu confesión, y tuve que morderme las mejillas para
no llorar.
En cuanto salimos a la calle tu burbuja te atrapó de nuevo. Desde entonces,
siempre que siento la amenaza del olvido, volvemos a nuestra mesa de Botín,
pedimos cualquier cosa y al instante recuperas para los dos partes de nuestro
matrimonio que creíamos perdidas. Desconozco cuánto durará este prodigio
gastronómico que te despierta, ni cuál será tu extravío definitivo, pero sé que
mientras conservemos los dientes tendremos en el restaurante más antiguo del
mundo un aliado.
Cita a tres
La escalera saludó su llegada a la segunda planta del restaurante con el agradable crujido de la madera veterana. Por un momento dudó y ese momento de vacilación le hizo comprobar que en su bolsillo descansaba aún la intrigante invitación a cenar en el Botín, sin más detalles que aquella lacónica firma: La Duquesa.
Instintivamente, se arregló la ropa y atusó su pelo negrísimo, apenas roto por aquel mechón eternamente plateado. Sus ojos de color madreperla escrutaron la sala de inmaculado suelo en damero blanco y negro. En la única mesa ocupada había una sonriente viejecita de pelo ondulado, que atacaba complacida un suculento plato de cochinillo.
—Siéntese, joven —dijo la abuela sin perder la sonrisa—. Imagino sus dudas, pero por favor acompáñeme dando cuenta de esta cena y prometo aclararlas todas.
El joven obedeció, hechizado por la presencia amable de la anciana. Inmediatamente, un diligente camarero le sirvió una copa de brillante tinto y una porción del aromático cochinillo, situándose a su espalda discretamente.
—Yo soy quien le ha invitado a esta pequeña celebración. Concretamente, estamos celebrando mi reciente viudez —comentó sorprendentemente divertida la mujer—. Sé que es poca información, pero le aseguro que, a lo largo de la cena, le daré toda la que necesita. No se preocupe, pero, ahora, me interesa más conocerlo a usted.
—Eso es sencillo —contestó algo aturdido el muchacho—. Tengo treinta años, soy soltero y trabajo como maestro.
—¿Y sus padres viven? —continuó ella sin tiempo para el descanso.
—Me crie en un orfanato, nunca conocí a mis padres.
—Eso tiene arreglo —dijo la risueña anciana, achinando sus ojillos color madreperla, mientras cruzaba miradas de complicidad con el sonriente camarero, que atusaba su pelo negrísimo, apenas roto por aquel mechón eternamente plateado.
Nos reuniremos todos
Aquella serie televisiva no era producto de la imaginación de unos guionistas. Siempre sospechó que estaba basada en hechos reales y dedicó tiempo y esfuerzos a descubrirlo. Se entrevistó con expertos, consultó documentos y finalmente se lanzó a recorrer algunos de los laberintos subterráneos que se entrelazan en el Madrid de los Austrias.
-¡Rediós…! -dijo con profunda sorpresa. Soltó tan ruda expresión al descubrir que su búsqueda había terminado. Aunque solo veía un estrecho pasadizo y unos escalones en sentido ascendente, supo, nada más abrirla, que esa era la puerta. Y que al cruzarla para encontrarse frente a los vinos allí almacenados se adentraba en una nueva dimensión.
Estaba en la bodega de un venerable establecimiento. Posiblemente, del restaurante más antiguo del mundo. Confirmó la impresión al reconocer un reloj de péndulo y supo lo que estaba ocurriendo cuando vio a un inconfundible cliente sentado en la mesa que había ocupado cien años antes. La compartía con Lady Brett Ashley, protagonista de la novela Fiesta. En ella Hemingway dejaría escrito que su acompañante “no tomó gran cosa” y que abrieron tres botellas de La Rioja Alta. La misma cantidad que solía beber en Pamplona cuando al término del encierro disfrutaba del almuerzo.
Aquel nuevo viajero del tiempo comenzó a deshacer los pasos recorridos pensando en sucesivos retornos. Así iría conociendo a muchos de los protagonistas de la vida literaria, política, artística y social de los últimos siglos. Si bien, nada de todo eso sería necesario. Al cruzarse en su apresurada huida con un personaje al que no terminaba de identificar creyó escuchar la última revelación:
-Solo tienes que volver una vez más -le dijo-. Nos reuniremos todos cuando Casa Botín cumpla trescientos años.
Botín. Olores de un Madrid decimonónico
“…del Portillo a la Arganzuela…”
Así cantaban en “Las Leandras” sobre un Madrid del “chotis” y las verbenas, que re-
cibían nombre, por esas plantas recogidas de madrugada entre bailes, rondando San Juan, que acuñó el dicho “irse de verbena”. Plantas aromáticas, cuyo olor y fragancia similar al limón, no pudo, “ o no quiso”, impedir en un final de siglo de modistillas u organilleros, que imperasen también otros olores. Churros, entresijos, gallinejas, o el omnipresente cocido, de “Sota, Caballo y Rey”: sopa, legumbres y “sacramentos”. Puchero que Galdós frecuentaba, en aquella Posada-figón “Sobrino de Botín”, por lo que Valle-Inclán, con ácida crítica, le llama “Benito el Garbancero”.
Y si, elaborar recetas, es como pintar cuadros, de algo le debieron servir aquellas , cuándo se dice que, por sus cocinas hoy tricentenarias, aparece un joven Francisco, nacido en Fuendetodos, recién llegado de Zaragoza , para lavar platos e impregnarse, como su pincel, de colores y olores con sus guisos, en su ininterrumpido horno de leña.
¿Un Goya de 17 años, buscándose la vida entre cazuelas, en aquel inicial Botín? ¿Realidad? ¿Relato? Pudo ser.
Aquel Portillo de “Las Leandras”, cerraba la “cerca” de Felipe IV, por Embajadores y Peñuelas. Sus desagües en la alcantarilla general, aún no libre de olores, vertían a la exigua corriente del Manzanares ( “aprendiz de río” sentencia Quevedo).
A aquellos, se sumaba el olor a jabones de los lavaderos y el de las “casonas” de ganado, destinado a las naves del matadero cercano.
Según narra Baroja en “La Busca”, barrios con olor a molleja y lejía, también magistralmente descritos , en “Fortunata y Jacinta” por Galdós.
Olores de un Madrid decimonónico. Olores de aquel Madrid en blanco y negro de Don Pío o Don Benito. Olores de cocina tradicional, que hoy, en la calle de Cuchilleros, aún degustamos… ¡ 300 años después !
La luz de las dos y cuarto – Doménico Camus
Siempre ha sido igual.
A las dos y cuarto, el sol se cuela por el mismo ángulo, roza la esquina de la mesa seis y deja una mancha de oro temblorosa sobre el mantel. Cada día. Cada año. Cada siglo. Ni los camareros lo notan ya. Pero esa luz lo ha visto todo. Vio al joven soldado que apretaba la mano de su madre antes de partir. Vio al poeta anotar un verso entre plato y plato, convencido de que no lo olvidaría. Vio cómo un niño derramaba la sopa y lloraba como si fuera el fin del mundo, mientras su padre -duro, torpe, nervioso- le ofrecía pan por primera vez. Vio brindis con acento extranjero, promesas en voz baja, traiciones dulces. También vio cómo ella dejaba de venir. Era siempre a las dos y cuarto. Ella llegaba puntual, se sentaba sola, y sonreía como quien guarda un secreto. Un día no volvió. Pero la luz siguió viniendo, igual que antes, como si aún la esperara. Botín ha cambiado. Las paredes, los nombres, el precio del vino. Solo la luz es fiel. Y cada mediodía, cuando cruza la mesa seis, parece que algo -una risa, una ausencia, un recuerdo- brilla unos segundos y luego se va.
Rey Botín
-¡Majestad, escapémonos! ¡Vayamos a tomar un vino! La vida en palacio es rígida, distante, poco agradable. Vamos señor, ¡que un día es un día!
Eran las palabras de Antonio, el fiel ayuda de Cámara del Rey cuando empezaba a anochecer, un 24 de noviembre de 1725.
-Señor, conozco una taberna recién abierta, a cinco minutos de palacio, cerca de la Plaza Mayor, donde hacen las viandas más apetecibles que os podáis imaginar. Lo más alejado de los almuerzos protocolarios que tanto os aburren.
Tras pensarlo varias veces, el Rey accedió y le dijo:
-Antonio, espero que ese lugar del que me hablas no me decepcione. Sabes que he probado los mejores bocados de nuestra querida España y de tantos otros países por los que he viajado y, aunque me apetece salirme de la rutina de palacio, ni mi paladar ni mi estómago me permiten ya ciertas licencias, pero daremos una oportunidad a esa nueva taberna.
Sin guardias reales, ni alabarderos, ni custodios de otro tipo salieron intentando no dejarse ver por ese Madrid de candiles y luminarias de aceite. La calle en noviembre está semivacía, así que llegaron rápido y sin ser reconocidos.
El ambiente en Botín era especial. El contraste entre la calle fría y solitaria y la taberna casi llena, ruidosa y sobre todo caliente les hizo sentirse como dos amigos que fueran allí a diario. Antonio no se lo creía. ¡Estaba en Botín con el Rey sin que nadie se percatara!
Las viandas no defraudaron a ninguno. Verduras, asados y vino llenaron sus estómagos como pocas veces antes.
De regreso a palacio, el Rey que era poco hablador, se detuvo un instante. Antonio, se temió lo peor y, entonces, el Rey le dijo:
-Antonio, tendremos que repetir.
Repitieran o no, Antonio mantuvo siempre el secreto.
Un poco de Gloria
Mi mujer y yo llegamos a Madrid casi al mediodía. El momento perfecto, por otra parte, para acercarnos al restaurante Botín y disfrutar de una suculenta comida. Teníamos mesa reservada. Fue llegar, sentarnos y mezclarnos con los olores: era otro lugar, otro mundo, calles por las que había paseado Galdós y ahora estaban con nosotros. El Madrid castizo, los rincones más olvidados, que volvían ahora a nuestra memoria. Ya de niños, mi mujer y yo jugábamos cerca del restaurante y nos embriagaban los aromas. Me prometí que, si alguna vez, se convertía en mi esposa, la primera comilona sería aquí. Y cumplimos. Después, volvimos a encontrar el restaurante en las páginas de Galdós y sonreímos. Seguimos viniendo. Hoy, el solomillo Botín al champiñón se deshace en mi boca. La primera comida, una sopa, nos supo a gloria, como esta. Nieves, mi mujer, me mira y sonríe. Sabe que, ahora mismo, estamos en el mismo lugar, un Botín que ha recorrido una y otra vez nuestros días.
El sabor del tiempo
Desde el otro lado del mundo, donde los fogones chisporrotean con aromas exóticos y las mesas están cubiertas de historias de calle, mi alma se sienta a la espera de una luz que ya no es solo un fuego: el restaurante Botín. Se dice que el más antiguo del mundo, con sus paredes de ladrillo quemado y su techo de madera que cruje bajo el peso del tiempo, guarda recuerdos de reyes y rumores de amantes.
Yo, chef de la nueva cocina, llevo en mi pecho la pasión por los ingredientes que bailan entre fuego y agua. Cada día en mi cocina es una batalla contra lo ordinario; cada plato es un poema que espera ser leído. Pero hay un verso que no he podido completar: el sabor auténtico del cordero asado al horno de leña de Botín, ese que se dice que ha sido cocinado desde 1725.
El deseo se vuelve drama cuando recuerdo la primera vez que escuché la historia: un anciano maestro que me contó cómo su abuela le había enseñado a usar la piedra volcánica para cocinar el cordero más tierno bajo las estrellas de Madrid. Sus ojos brillaban como brasas; su voz era un eco del pasado. Me dije a mí mismo: “Este es mi destino”. Y así, con cada ingrediente importado y cada receta experimentada, me preparo para cruzar mares y montañas.
El anhelo crece cuando pienso en la cocina de Botín: las largas vigas que sostienen el techo, el olor a madera quemada mezclado con la brisa nocturna, el murmullo del río Manzanares que parece susurrar secretos antiguos. Quiero sentir ese aire en mis pulmones, cociar bajo esa luz tenue y escuchar el crujido del horno como si fuera una sinfonía ancestral.
La historia me impulsa a seguir adelante. He enviado cartas al restaurante, enviado fotos de mi cocina al mundo entero y he esperado una respuesta como si fuera un faro en la distancia. Cada día me acerco más a esa meta con la certeza de que mi deseo no es solo mío; es un puente entre dos mundos culinarios.
Y ahora, mientras escribo este microrelato en mi cuaderno, siento cómo el fuego interior arde más fuerte que nunca. El sueño sigue vivo: cruzar fronteras para conocer Botín y llevarle a casa la chispa del fuego antiguo junto a mi propio toque moderno. Porque en cada plato se escribe una historia y yo quiero escribir la mía junto al legado del restaurante más antiguo jamás construido.
EL ENIGMA DESVELADO
Mi abuelo, trabajador en Random House, me dejó al morir una carpeta con escritos y recuerdos, entre ellos una hoja amarillenta con un soneto que había recibido de James Michener en 1968, cuando entregó el manuscrito de Iberia para ser publicado. Decía:
Entre cuchillos y fiesta, la condesa
Se quitaba el calzado sin cordura
Hemingway rechazaba el agua pura
La del Alba olvidaba ser duquesa
Ni Truman ni Graham se pensaron
Compartir con Galdós su gran Fortuna
Bebiéndose las uvas de una en una
Entre ricos manjares que allí asaron
Allí juntáronse pueblo y realeza
No busquéis bajo puerta ni ventana
Entre baldas, la alacena y tu cabeza
El secreto poco a poco se desgrana
Pues la fecha se tornará en certeza
Si al Barón te lo encuentras en jarana
En junio de 2025, preparando mi viaje a España para perfeccionar el idioma, recordé el viejo enigma y quise resolverlo. Descubrí anotaciones del abuelo que decían: “Truman Capote”, “Graham Greene”, “¿Duquesa de Alba?”, “Galdós”, “Hemingway” y “Condesa descalza ¿Ava Gardner?”. Metí esos nombres en la IA añadiendo “manjares” y “asados”, y ¡Eureka!, saltó la respuesta: “Restaurante Botín, Madrid”. A mis 22 años no podía entenderlo, pero busqué y comprendí. Esos personajes, también Michener, habían tenido en Botín su casa. Ya en Madrid, me fui al Restaurante y mostré mi descubrimiento. Indagamos en las alacenas y en una de ellas, que quedaba a la altura de la cabeza, al palparla con fuerza dejó al descubierto un secreter oculto con un carboncillo original. Era un caballero en las cuevas de Botín junto a varias mujeres y una leyenda: “1725, Ripperdá, banquete por la paz”. El Barón de Ripperdá había celebrado en Botín la firma del Tratado de Viena. Botín, en 1725 ya era testigo de la historia.
‘Copichuela’, siesta y fiesta
A mi padre, Ignacio (Nacho), siempre se le ponía una sonrisa especial si iba a comer a Botín. Por allí pasaron sus admirados Benito Pérez Galdós (don Benito) y Ernest Hemingway.
Él, escritor también, gustaba sentarse a la mesa y respirar hondo. Además del inigualable olor a tostón recién asado, pensaba que algo quedaría en el aire del paso por allí de tan ilustres comensales.
Sacaba su pequeña libreta y con su diminuta letra tomaba apuntes de lo que más tarde se convertiría en un hermoso texto dedicado a tan magno momento. Y no había almuerzo que no cerrara con la exquisita tarta Botín. Después de un buen vino y un brindis a la salud de quienes, como él, cayeron rendidos ante el mejor restaurante de Madrid. ¡Chin, chin!
Después, volvía a sonreír, tomaba su bastón, y se despedía en la puerta con el deseo de volver una y cien veces más. Envalentonado y feliz, osaba subir todas las escaleras que enfilan hacia la Plaza Mayor para dar cuenta de una ‘copichuela’ que precedía a una merecida y reconfortante siesta para terminar su particular ‘Fiesta ‘. ¡Por ti, papá! Alcemos nuestras copas una vez más.
DE LA MANO DEL PASADO
Tras sesenta años, Amparo camina por la calle Cuchilleros, testigo de sus primeros cinco años de vida; después tocó emigrar. Desconoce el número donde estuvo ubicada su casa, por ello, sus pasos se toman tiempo a la espera de que algo despierte su memoria. Un nombre atrapa su atención: “Sobrino de Botín”.
La curiosidad la lleva a buscar información de inmediato en internet. Lo que lee la emociona y sorprende a partes iguales: “abierto ininterrumpidamente desde el año 1725”; pero eso no es todo, un párrafo más abajo descubre que su escritora favorita, María Dueñas, es asidua de este local, incluso lo ha mencionado en varias de sus novelas. No se arredra y accede a tan insigne establecimiento. De repente, la vista se nubla y nota cierto vahído. Respira hondo hasta recobrar el sosiego. Sin embargo, la imagen que capturan sus pupilas la desconciertan: parece un cuadro de Toulouse Lautrec. En una misma escena vislumbra diferentes épocas. Un rincón al fondo cobija la imponente figura de Hemingway, que copa de rioja en mano, conversa con el tabernero, y a continuación, se dispone a plasmar la última escena de su novela “Fiesta”. De pronto, dos mujeres, ajenas a tan ostentoso espacio, acarrean una pequeña cántara hasta la última mesa. Amparo se ve obligada a frenar el grito que pugna por salir; no tiene ninguna duda, son Fortunata y Jacinta. El deseo de reconocer al comensal provoca un incremento de la agudeza visual, y distingue, nada más y nada menos, que al creador de tan extraordinaria obra.
Este paseo por la historia le inyecta el coraje preciso para retomar la calle y poder localizar el punto de partida de su existencia.
Botín – Recuerdos
Me llamo Elisa Carter, y llegue a España de EEUU con mi padre William, Guillermo, y mi familia en 1954. Vivíamos en una pensión pequeña en el centro y fue allí donde conocimos a Don Antonio propietario de Casa Botín, donde íbamos a comer a menudo.
Mi madre quería preparar el pavo tradicional de Thanksgiving en noviembre, pero desafortunadamente no cabía en nuestro pequeño horno. Debido a su amistad, Don Antonio generosamente ofreció el famoso horno de Botín para su preparación, y así fue como logramos celebrar nuestra fiesta tradicional de forma especial.
En 1975 mis padres finalmente dejaron Madrid y se jubilaron en EEUU pero la amistad entre los dos permaneció. Don Antonio seguía comunicándose con mi padre a través de los Christmas dibujados por el en pluma y tinta de los varios rincones de Casa Botin.
Dos décadas después, yo volví a Madrid de visita y fui a saludar a Don Antonio de parte de mi padre. El me recordó, como la pequeña, y me pregunto si venia también a cenar. El restaurante estaba a tope y le conté que no tenía reserva y que había venido simplemente a saludarle, pero el insistió que cenara, invitándome a una copita de jerez con tapas de jamón, mientras esperaba mesa. Le comenté que era profesora de español en EEUU y que compartía con mis estudiantes los Christmas que mandaba a mi padre que también tenían la carta al revés. Entonces, Don Antonio insistió en que debería tener unos propios míos, trayéndome 12 dibujos diferentes enrollados como obsequio.
Estos, los he enmarcado y hoy en día están en mi cocina en Alicante donde ahora resido, como gran recuerdo de Casa Botín, y de Don Antonio, con su generosidad, amabilidad, y de la amistad entre él y mi padre.
Nunca se apagó — Ascuas Eternas
Hace tres siglos encendieron mi corazón de leña en el humilde mesón de la calle de Cuchilleros. Desde entonces ardo sin descanso. He visto reír a niños que décadas después volvieron convertidos en abuelos, he calentado el pan de artistas hambrientos y el alma de viajeros nostálgicos. Bajo mi luz anaranjada se han confesado amores secretos, se han sellado pactos y despedidas, y he llorado en silencio cuando la guerra oscureció Madrid.
Ni una sola noche permití que el frío apagara mi llama. Incluso en los peores tiempos, cuando el mundo fuera se desmoronaba, seguí ardiendo tercamente. Conozco el silencio de la madrugada, cuando el último comensal se marcha y solo mis brasas tenues alumbran las paredes centenarias. También conozco el bullicio alegre de las noches de celebración, los brindis y las risas que rebotan bajo estos viejos techos.
Soy el viejo horno de Botín, guardián de historias y sabores. En mis ladrillos habita la memoria: el susurro de una lejana canción de la tuna, la sonrisa de Hemingway ante un cochinillo dorado, el eco de los pasos de Goya sirviendo mesas antes de ser pintor. Cada amanecer, mis brasas dormidas despiertan con nueva leña, y mi fuego renace joven aunque tenga trescientos años. En el crepitar de mis llamas viven todos los abrazos, risas y lágrimas compartidas en torno a mi calor. Soy más que fuego: soy un puente entre generaciones, el calor de un hogar común que nunca se apagó.